
Una prótesis capaz de sentir dolor
Por: Bernardino Antelo Esper
Publicado el: 21/06/2018 a las 11:55:00 am
Hace unos días en mis redes sociales publiqué un video de la página Playground que hablaba sobre el avance tecnológico de la fábrica de prótesis Naked Proshetics que trataba sobre una de sus creaciones que simula la fuerza y la extensión de los dedos de carne y hueso. Hoy, Xataka nos comparte una nota sobre una prótesis capaz de sentir dolor, porque sí, el dolor es útil en nuestra vida. Entérate de los detalles
Hace más de seis mil años, los
sumarios consumían hulgil para
calmar el dolor. El hulgil (o
?planta de la alegría?) es la primera referencia que tenemos del opio,
pero nuestra historia
con el dolor viene de antes. Los restos arqueológicos de la
cueva de El Sidrón, en Asturias, señalan que hace ya 49.000 años los
neandertales masticaban corteza de álamo, fuente natural del Penicillium y del
ácido salicílico (?materia prima? de la aspirina), para hacer frente a las
infecciones.
De hecho,
si hacemos caso a la psicología comparativa, huir del dolor es algo que está grabado a fuego en nuestra
naturaleza más básica. Por eso el 16 de octubre de 1846 cambió el mundo:
nacía la anestesia moderna, escapábamos por fin del dolor.
Pero ahí
empezaron las sorpresas. Durante estos 160 años hemos comprendido que aunque
evitar el dolor sigue siendo un imperativo médico (moral, incluso), no podemos
vivir sin él. Tanto es así que los investigadores que trabajan en prótesis
robóticas se dieron cuenta de que no sólo se necesita recuperar movilidad o
sensibilidad, se
necesita también sentir dolor. Aunque parezca contraintuitivo.
La utilidad del dolor
En
el laboratorio de Nitish V. Thakor de la
Johns Hopkins lo saben bien y por eso están tratando de construir una mano protésica que sienta dolorante
la incredulidad de la opinión pública (y muchos de sus colegas). Sin embargo, y
por contraintuitivo que parezca, tienen buenos motivos.
El dolor
es útil. Tenemos casos de insensibilidad congénita al dolor documentados a lo
largo de la historia, pero nadie les prestó demasiada atención hasta los años 30. Y en muy poco tiempo, los
médicos ya se habían percatado de que este tipo de trastornos eran un problema serio.
Muy serio.
Está
documentado que los bebés con insensibilidad al dolor pueden llegar a masticarse los dedos y
provocarse heridas muy considerables. Tampoco es raro ver que las historias
clínicas de estos pacientes están llenas de quemaduras por agua hirviendo,
congelaciones o cortes. Aprender a evitar el peligro se vuelve una tarea casi
imposible.
Salvando
las distancias, algo parecido, ocurre con la inmensa mayoría de prótesis (por
muy avanzadas que estas sean). A menudo nos encontramos con prótesis dañadas de
forma accidental. A veces en situaciones casi absurdas y muchas otras porque
?se usan como herramientas para las que no fueron diseñadas?. Paul Brand y Philip Yancey lo explicaron
muy bien en 1993: ?el dolor no
es nuestro enemigo, sino un explorador leal que nos avisa
del enemigo?.
Más
allá de la utilidad
Pero
quizás lo más interesante es que lo
crucial no es la utilidad. El dolor está tan íntimamente ligado
a nuestra experiencia del mundo que sin él tenemos problemas para aprehenderlo.
Tanto es así que el dolor fantasma es un personaje recurrente en la experiencia
de las personas que pierden un miembro por una razón u otra. Pese a que el
miembro ya no está, los pacientes siguen sintiéndolo.
Está muy
bien visto, porque por eso las prótesis suelen ser solo herramientas, ajenos y
fríos instrumentos. No son (ni pueden ser) una parte del cuerpo. Justo esa es
la reflexión de los pacientes que han probado la nueva prótesis de la Johns
Hopkins: "Después de muchos años, sentí que mi mano ya no era una cáscara hueca.
Se llenó nuevamente de vida", dice uno de los testimonios que recogen en
el Laboratorio.
Y es que, pese a que durante años ha sido el patito feo del estudio de la percepción, el tacto es algo realmente complejo. Algo lleno de receptores que aportan información sobre la presión, la textura, la temperatura o la dureza del mundo. El dolor nos conecta al mundo porque, como con los erizos, nos permite estar cerca del fuego sin quemarnos. ¿Qué otra cosa sino eso es la vida?